lunes, 2 de agosto de 2010

Mi infancia como obesa

La mayor parte de mi vida tuve sobrepeso. Solo a los 3 años de edad, luego de que un día de campo en la estancia de mi tio político, ingerí grandes cantidades de excremento de oveja pensando que eran bombones de chocolate y contraje la lombriz solitaria. Entonces sí, ahí era muy muy flaquita, hasta que mis viejos se avivaron que algo me pasaba y me llevaron de urgencia a la guardia más cercana. Solo durante la recuperación estuve delgada.

Los recuerdos más felices de mi infancia están relacionados con la comida. Ahora a la distancia me río irónicamente de los paradójicos intentos de mi madre para que haga deporte ¿con qué sentido? si el premio por el ejercicio terminaba en alguna panzada. Ejemplo: cuando me iba a buscar a natación, me compraba en el kioskito del club una Cepita de naranja y un paquete de Pepitos que no me duraba ni el trayecto hacia la parada del bondi. Cuando me iba a buscar a danza corría las cuatro cuadras del gimnasio a casa, sabiendo que al llegar me esperaban 250cc de leche tibia con 10 cucharadas de Nesquik (y otro paquete de Pepitos).
Desde que tenía esa edad y en pleno menemismo, en mi casa se implantó una nueva costumbre que se mantiene al día de hoy: Sábados de Mc Donalds, en los cuales mi viejo al salir de trabajar pasaba por el Automac y me traía la Cajita Feliz, con la cual me conformé por pocos años, hasta que la hamburguesa con queso empezó a dejar de saciarme. 
Mi padre, quién por su genética fue flaco toda la vida, es tan goloso goloso como yo, y su demostración de cariño pasaba por traerme todas las noches cuando volvía de trabajar: un chocolate Jack. De vez en cuando traía Jack + Ferrero Roche. Y en verano no ha faltado fin de semana sin helado.

Al empezar la primaria, no recuerdo bien porqué, pero mi mamá se había cansado un tanto de la cocina, y el número del delivery empezó a ser el más llamado desde mi teléfono. Recuerdo mi boca hacíendose agua cuando papá iba a buscarme al colegio y yo iba contenta a casa porque sabía que me esperaba media docena de empanadas de carnes y el programa de Repetto que cantaba "decime cual cual cual es tu nombre". Para colmo el uniforme del colegio consistía en una pollera gris tubo y una chomba celeste: mi mamá me dejaba la pollera hasta las pantorrillas y me ponía la chomba adentro de la misma, haciendo que se marque más mi redonda panza (creo que sin intención).

A mis ocho años nació mi hermana, quien hoy se encuentra en plena adolescencia con un cuerpo escultural y la voracidad de un rugbier. No es envidia, nunca le desearía a nadie mi metabolismo.

El colegio fue traumático, aún no entiendo cómo niños tan chiquitos que se suponen rebalsan pureza, pueden alojar tanta crueldad en su interior. Los varones, claramente, fueron los más hirientes, pero las nenas no se quedaban atrás. Para colmo, tenía muy buenas notas, producto de la autoexigencia que me ponía en lo único que podía controlar: mis estudios. Desarrollé una personalidad competitiva y agresiva, siempre a la defensiva y muy resentida. No puedo decir que no tuve una infancia feliz, pero sí que fue muy difícil por culpa del sobrepeso. Recuerdo aquellas esporádicas tomas de conciencia de mi mamá que dejó de darme plata para el recreo y me mandaba yogurt con gelatina, y yo me escondía en un rincón al fondo del salón para comerla, porque cada vez que mis compañeros me veían ingerir cualquier tipo de alimento les brotaban los insultos. Como si las agresiones verbales estuvieran a flor de piel y latiéndoles en la boca, esperando el momento de verme para poder explotar.

Afortunadamente, varias cosas se revirtieron cuando las hormonas se desarrollaron y algunas partes de mi cuerpo lo hicieron con ellas...




1 comentarios:

Petardo Contreras dijo...

Soy vegetariano me hace mal entrar aca jajaja

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